—¿Con que decididamente te quedas entre nosotros?—decía el padre Juan Solís a su amigo el doctor Eduardo Real, reanudando la amigable plática que sostuvieran durante el almuerzo con que obsequiara al médico, recién llegado al pueblo.
—Sí. Hay aquí una buena calidad de enfermos que prometen abundante clientela.
—Desgraciadamente, es así. Este es un pueblo de enfermos. El nombre poético con que lo has designado le viene de perlas: Valle de los delirios. ¡Y qué delirios, querido Eduardo, qué delirios! Ya irás viendo.
—No podía ocurrírseme otro nombre mejor. Imagínate: los primeros seres vivientes que encuentro a mi llegada son tres enfermos que están tendidos en la tierra, a orillas del camino, delirando. ¡Qué cuadro!
—Y los que te quedan por ver. Pobre gente. Pero créeme a mí, ellos mismos son la causa de sus males. Tú dices que la causa de esta mortífera enfermedad está en el agua que bebemos; yo creo que por detrás de esta causa material e inmediata, hay otra, la verdadera: estos desgraciados viven así porque no tienen un momento de elevación espiritual que los limpie de la podre en que se revuelcan. Si lo sabré yo que les hurgo, la conciencia. Son unos infelices. No voy a hablarte de la fe de esta gente, que es una horrible mezcla de burdas supersticiones que ni siquiera se pueden justificar por el lado poético; tampoco quiero referirme a la pecaminosa indiferencia con que miran los deberes de su religión. Nada de esto sería para ti—positivista y posiblemente incrédulo—, razón de peso; me limito a echar de menos entre mis feligreses eso que se llama idealidad. Son almas privadas del don de la visión superior que va más allá de las cosas materiales.
—Observo que no se ha extinguido en ti el aliento místico.
—A Dios gracias.
Respondió el sacerdote reclinando la cabeza, ya pintada de canas precoces que brillaban como hilos de plata, y guardó un prudente silencio.
Eduardo Real lo imitó, entreteniéndose en contemplar las desvanescentes coronas que el humo de su cigarro iba formando en el calmoso ambiente del caluroso mediodía, bajo el verde y sombroso toldo de la troje de parchas granadinas que se rendía al peso de sus olorosos frutos en la huerta de la casa parroquial.
Un mismo pensamiento los ocupaba. Evocaban los años de la adolescencia, cuando se conocieron en el colegio. Juan Solís era objeto de burla de sus condiscípulos, a causa de la angelical delicadeza de su espíritu y su acendrada piedad; pero atraído por la beata dulzura que bañaba la faz cavada de aquel joven, en el fondo de cuyos ojos había un brillo singular, Eduardo Real se aficionó desde el primer momento a su apacible compañía. Recíprocamente Solís le cobró afecto, tierno y extremoso, y se consagró a ayudarle en el aprendizaje de las materias inaccesibles para Real, y en fraternas confidencias, tímidas y unciosas, fue abriendo ante los ojos de éste místicas puertas de relampagueantes claridades.
Pero fueron emociones fugaces que otras influencias más largas y más enérgicas borraron bien pronto del alma de Eduardo Real. Concluidos los estudios en el colegio, cada cual escogió el camino de su vocación: Solís pasó al Seminario; Real ingresó en la Universidad a cursar Medicina.
Ahora se encontraban de nuevo. Una irreductible antinomia de principios separaba sus espíritus. Ejerciendo el curato en aquel pueblo internado en el corazón de fragosas y desoladas tierras, Juan Solís había aquilatado su misticismo de tal modo que Eduardo Real no dudaba que aquellos ojos febriles estuviesen acostumbrados a la celeste visión; por su parte el médico ajustaba su vida a las claras normas de la ciencia y creía que sólo este camino era terreno firme y transitable.
Rompiendo la pausa dijo, como si respondiera a las reflexiones que debía estar haciendo el sacerdote:
—Al fin y al cabo, el positivismo tiene también su idealidad. No todos servimos para los grandes vuelos del espíritu; pero todos tenemos una hermosa misión que cumplir en este valle de los delirios.
—Así es—asintió el cura, dando suaves golpecitos a su cigarro para tumbarle la ceniza—. Y la tuya, a más de útil es en este caso necesaria: en este pueblo la muerte ha sentado sus reales y no hay quien le dispute sus víctimas.
—¿Y el doctor Artemio?
—Que mi lengua no quite honras ni mengüe reputaciones; pero parece que el doctor Artemio no ha encontrado todavía el remedio para esa fiebre que está diezmando la población. Quiera Dios que tú seas más afortunado. Eso sí, dinero no le falta, porque se hace pagar caro. Pero te advierto que aunque los enfermos abunden no te será fácil allegarte clientela, porque tu rival es hombre de recursos y mantiene buenas relaciones con los personajes de la localidad. Ándate, pues, con tiento, que no sea que vayas a caer en un mal paso. No quiero desalentarte, pero la empresa en que te has metido es muy escabrosa; veo tu camino sembrado de contratiempos y de peligros.
Hizo una pausa. Eduardo Real permaneció pensativo, dejando vagar las miradas por el panorama que desde allí se divisaba. En redor de la huerta del cura, arbolada y jugosa, se extendían las vegas de las márgenes del río, llenas de silencio y de sol, hasta una barrera de pardas colinas en cuyos flancos lucían los rojizos tajos de solitarios caminos. El vaho caliente de la tierra soleada, el campesino silencio y la cruda luz que caía a plomo sobre todas las cosas producían en la sensibilidad del médico una sabrosa sensación, tónica y soporosa a la vez, que, acelerando el ritmo de su juvenil vitalidad le llenaba la conciencia con el sano deleite de la propia fortaleza. A través de este sentimiento de sí mismo, los sombríos presagios del sacerdote se trocaron para él en enérgicos estímulos: veía desarrollarse ante sus ojos una perpectiva de luchas y de victorias.
El sacerdote volvió a hablar, ahora de pie, con el brazo vibrando en el aire, como una rama sacudida por el viento que precede a las tormentas y el rostro lleno de verdes reflejos, súbitamente transfigurado por la violencia de la cólera mística:
—Quién asegura que nuestro deber no sea aumentar los males que afligen a este pueblo, en vez de disminuirlos. Nuestra desgracia no es el hambre ni la peste, sino la falta de vida espiritual. Este pueblo tiene el alma sepultada, totalmente abolida. Los males del cuerpo son males precarios de los cuales no vale la pena ocuparse: lo que debemos procurar es sacar el espíritu del letargo en que duerme, insuflarle la vida que se le extingue gradualmente por falta de ideales. Tráigannos ustedes ideales, cualesquiera que ellos sean, y ya verán cómo los cuerpos sanan y se fortalecen. La salud y el bienestar no son el remedio que necesitamos; por el contrario, siempre ha sido el dolor el abono de las mejores flores espirituales. ¡Que siga echando Dios dolores en el surco hasta que revienten las semillas! Pero ésa es nuestra desgracia, nuestro mal incurable; por más sufrimientos que haya, en este pueblo no acaba de surgir el alma sepultada.
Eduardo Real lo miró sin decir palabra. Parecía acometido por una fiebre violenta; en el fondo de sus ojos negros y circundados de ojeras violáceas relampagueaba una lumbre alucinante; su silueta alargada y escuálida, iluminada por los reflejos de la huerta bañada de sol, se agrandaba trémula bajo la enramada, como si el soplo místico que agitaba su espíritu lo levantase del suelo en ascensión de arrobamientos.