Días después, el nombre de Eduardo Real era en el Valle de los Delirios una bandera suelta al viento de las vehementes pasiones de aldea. Había asegurado el médico, en una conferencia, que el agua que allí se bebía era algo comparable a un caldo de cultivos bacteriológicos a fuerza de estar plagada de infinito número de gérmenes nocivos. Esto no había sido afirmado nunca en el Valle de los Delirios en lenguaje categórico y científico, pero estaba en la convicción de todo el mundo; sin embargo, bastó que el médico lo dijera para que todos dejasen de creerlo.
Por otra parte, el doctor Artemio salió en defensa de lo que él llamaba los fueros del lugar, desvirtuando la afirmación de su colega fundada en estudios hechos con buena voluntad y proclamando—sin dar razones—que el agua que allí se bebía no sólo era buena, sino que era la mejor del mundo.
Naturalmente el pueblo se puso de su parte y so capa de indignación patriótica desatáronse contra Real las iras populares, hasta el punto de formarse motines para apedrear al forastero que pagaba con la injuria la hospitalidad que se le había brindado.
No obstante, Eduardo Real no desistió de su empeño de procurar el mejoramiento del agua que bebían y que era causa de aquella fiebre mortífera que diezmaba la población. Buen conocedor del medio y suficientemente sagaz para que no se le escapase cuanto había de bribón en aquel doctor Artemio, llamolo un día a su casa y le dijo, sin preámbulos:
—Colega, usted está cometiendo una tontería impropia de un hombre de sus alcances. En esto del agua no hay de mi parte nada de lo que usted ha querido ver. Tan forastero es usted entre estas gentes como lo soy yo, por lo tanto no tiene motivos patrióticos para tomar la cosa a pechos. Yo voy a decirle la verdad sin eufemismos: mi conferencia no ha sido una propaganda comercial. Dije que el agua del río no es potable y usted sabe que no lo es...
—Pero esto equivale a una injuria lanzada a la faz de un pueblo hospitalario...—comenzó a declarar el medicadlo.
—Dejémonos de sentimentalismos, estimable colega. Y déjeme decir lo que tampoco me dejaron exponer en mi conferencia. Cuando ustedes se levantaron indignados dejándome con la palabra en la boca, iba a decir que más arriba del pueblo cae al río un arroyo de agua excelente...
—La quebrada que nace en la posesión de don Luis López.
—Justamente.
—¡Ah! En efecto, es excelente.
—Pues bien: si don Luis López, que por su riqueza es, como si dijéramos, el amo del pueblo, tiene el agua verdaderamente potable y suficiente dinero para construir un acueducto que la traiga hasta aquí, lo más natural es que pretenda venderla para el consumo de la población. Pero habría necesidad de obligar a la gente a comprársela y eso es lo que he tratado de hacer yo: recabar de la autoridad la prohibición terminante de coger el agua del río para el consumo. Usted con sus réplicas ha echado a perder el negocio...
Artemio se rascó largo espacio la áspera pelambre de sus barbas y al fin dijo:
—No se ha perdido nada, colega. Al contrario, se ha ganado. Ya verá usted: mañana o pasado daré yo una conferencia y diré que, habiendo estudiado bien el asunto mediante análisis bacteriológicos, he encontrado que efectivamente el agua del río es un caldo de cultivos, es decir: veneno líquido.
Eduardo Real se quedó viéndolo, admirado de la estupenda desvergüenza de aquel bribonazo.
Y Artemio se apresuró a agregar:
—Con lo cual no traiciono a mi conciencia, doctor. Porque como usted ha comprendido perfectamente, yo sé que el agua del río no es potable y la prueba es que en mi casa no se bebe; pero usted se da cuenta, este pueblo ha sido muy generoso conmigo y no podría faltar a los dictados de la gratitud. Sabía que decirles que estaban bebiendo un agua emponzoñada era avergonzarlos; yo los conozco muy bien: tienen una susceptibilidad excesivamente quisquillosa y lo tomarían a injuria.
—Pues bien: ya está usted al cabo de la calle. Yo me voy de aquí muy pronto y usted se quedará; justo es que sea usted y no yo quien se beneficie con la participación que don Luis López me ha ofrecido en el negocio.
—Es demasiada generosidad la suya, querido colega. Yo...
—Sí. Usted es el hombre—le dijo Eduardo Real tocándolo en el hombro y cortando así aquella lamentable entrevista, en la cual él había tenido necesidad de exhibirse como un pícaro para desarmar al que lo era de veras.