Al día siguiente, listo ya para marcharse del pueblo, le contaba a su amigo el cura el resultado de sus gestiones. Y finalizó, parándose para despedirse:
—No había más remedio, querido amigo. Hay que combatir con las armas que nos ponen en las manos. En cuanto que me di cuenta de que por el camino recto no iba al resultado apetecido, porque a estas gentes nadie las convencería con razones desinteresadas, me deje de lirismos y me fui al tal don Luis López a desarrollarle la perspectiva del pingüe negocio del acueducto. Maneras había de procurar agua buena y gratuita para el consumo de la población, a costa de un pequeño esfuerzo de todos; pero habría sido necesario el poder de Dios para entrar en cordura a tan obcecados feligreses. Ahora la tendrán que pagar a la fuerza; don Luis la suministrará a buen precio, de acuerdo con Artemio, que va a dedicarse a buscarle milagrosas virtudes medicinales para todas las dolencias. Ya lo creo que las encontrará, y todos creerán en ellas. Ha sido necesario que un bribón las pregone y que un poderoso se las imponga como una obligación ineludible. Allá ellos se las entiendan. Yo me marcho en seguida.
—¿Con la conciencia tranquila, Eduardo?—preguntó el sacerdote, clavando en él la mirada buida de sus ojos febriles.
—¿Por qué no? Me llevo las manos vacías. Les dejo un beneficio que me ha costado algunos días de estudio y otros tantos de sinsabores, sin que me haya reportado ni un centavo.
—Pero tú lo acabas de decir: cuando te diste cuenta de que por el camino recto no irías al fin deseado.
—Culpa mía no es que no haya bastado mi buena intención para llevar a cabo una empresa de utilidad general. Fue menester que un bribón metiera las manos en el negocio. Después de todo, lo mismo da: lo que interesa a la salud de la población es que el agua que se beba sea potable. Y es justo que se la compren a quien la ofrece.
—Después de todo y antes de todo lo que interesa es que los corazones no se perviertan más de lo que están—replicó el padre Solís con una voz que resonó de una manera extraña en la umbrosa paz del jardincillo, al cual los muros del templo paredaño, patinosos y dorados por un sol suave, comunicaban una unciosa quietud de rincón sagrado.
Y continuó con acento velado de melancolías:
—Y esa es tu obra, querido Eduardo. Me duele decírtelo, porque tú no has tenido mala intención. Nos dejas un beneficio precario en cambio de un daño irreparable: has añadido un horror más a la suma, ya enorme, de los males que nos afligen. ¡Qué importa el bien si viene de manos del mal! Sanarán los cuerpos, pero para eso ha sido necesario que una persona abyecta se hunda un poco más en el lodo donde se revuelca, como un cerdo impuro, y que otras criaturas, todo un pueblo, acepte como tiránica imposición lo que han debido recibir de buen grado, como un don o como un derecho. ¿No ves cómo has pervertido los corazones, en vez de levantarlos?
En seguida, volviendo sus miradas hacia la informe masa de tejados del pueblo:
—¡Valle de los Delirios! ¿Hasta cuándo serás desdichado? ¿Por qué será que en tu suelo toda semilla de bien se pudre y se malea? ¿Qué mano diabólica se entretiene en torcer tu destino, que sólo tú te alejas de la verdadera salud cuando todos marchan hacia ella derechamente? ¡En vano he esperado año tras año que tu alma sepultada surja y florezca! ¿Será que todavía no ha caído en el surco todo el divino abono de dolor necesario? ¡No te canses de llover saludables calamidades sobre este pueblo impuro!
Eduardo Real interrumpió sus imprecaciones para despedirse; pero cuando hubo traspuesto la cancela, el alma se le llenó de desapacibles pensamientos: aquellos ojos del padre Solís, ojos febriles de criatura torturada por una idea fija, ¿no serían aquellos ojos videntes que habían alcanzado la inaccesible visión espiritual?
Se volteó para mirar por última vez al pueblo. Una luz suave y dorada flotaba sobre sus obscuros tejados tiñendo las copas de los árboles de los corrales; entre la verdura de las vegas el río arrastraba mansamente su agua mortífera, llena de azul de los altos cielos.
Vínosele a la boca la imprecación del cura:
—¡Valle de los Delirios! ¿Por qué será que en tu suelo toda semilla de bien se pudre o se malea?
Y en la soledad del paraje sus extrañas palabras tuvieron el melancólico acento de los clamores inútiles...